CIEN AÑOS DE PERDON

La película de José Glusman tiene dos identidades que saltan rápido a la vista. Una es su factura muy personal, nítidamente inscripta en el cine independiente. La otra, su identificación con el grotesco, un género sacro del teatro rioplatense y raramente transitado por nuestros realizadores. La historia es, por lo tanto, sórdida y divertida a la vez. En un pueblito que se cae a pedazos triturado por la globalización, un judío que intenta cobrar su deuda terminará secuestrado por los integrantes de una familia que tiene poco y nada que perder. Personajes terribles pero conmovedores –con toques de perversión a lo Buñuel- y situaciones extremas trabajadas con ingenio y coraje expresivo constituyen la materia prima de Glusman. La cámara en mano aporta nervio y verdad, los diálogos –el talón de Aquiles del film- aciertan a veces por la vía del humor macabro y las actuaciones son de gran eficacia. Resuelta en interiores y con atmósfera teatral, se lucen Pompeyo Audivert, Helena Tritek, Noemí Frankel y el mismo Glusman, con una chirriante caricatura de otra gran profesional del escenario, Márgara Alonso. CIEN AÑOS DE PERDON es un cromo de fuerte coloratura, más visceral que cuidadoso en su trazado, donde el autor-director-intérprete aprovecha con astucia el cocoliche judío, como lo hicieran para la escena tantos escritores dramáticos: en especial esos dos gigantes que fueron Armando Discépolo y Alberto Novión.

 

Rómulo Berruti, Radio del Plata