Cien años de perdón

Una atmósfera sofocante y de reconocible perversidad evoca Cien años de perdón, el film de José Glusman, con el que éste ingresa en el mundo contemporáneo de los realizadores argentinos del hoy llamado cine independiente. A partir de los caracteres de esta suerte de "modelo" de producción contemporáneo, se advierten manifestaciones artísticas sui generis: una expresión verbal potenciada por un realismo en claro contraste con el lenguaje visual, alegórico en su segunda intención, aunque apegado a lo cotidiano por el significante visible.

La imagen, ceñida a una síntesis condicionada por lo claustrofóbico, se ennoblece con la desesperante movilidad de la "cámara-en-mano" y con la sensación de encierro, anticipada en los interiores pero desplegada en los espacios externos: ese patio del secuestro, cargado de violencia e incomodidad. La sacudida cámara es un personaje más; es la representación de la mirada del espectador, en una cruel encerrona. En la angustia, la audiencia se dispone a la mirada crítica: en ese universo cerrado, al debilitarse y hasta perderse los valores, todos se muestran dispuestos a pactar. La coincidencia final –el pacto– y la elocuencia visual comparten una cualidad tácita: el sentido irónico de la fábula, inserto en el cuchicheo del judaísmo provinciano, con su complicidad, y con un humor filoso y divertido, aunque oculto por pinceladas de crueldad y por el amarrado trabajo deliberadamente teatral de los actores (de teatro). Cien años de perdón es una cuidada y bien calculada pieza sobre la sutileza implicada en el grotesco y una de las pocas miradas de un realizador argentino que carga con valentía artística sobre el impulso y el instinto. Lo hace con mano firme, con vigor y hasta con cierta voluntad catártica resguardada por el asombro final y la sonrisa última.

Claudio España, Space